Por : Andrea Urquina Rodríguez

 

Si hoy pensamos por un momento sobre “sectas” ¿Qué es la primera idea que nos viene a la mente?

Lo primero es la religión, una iglesia ó unas cuantas personas que son “muy espirituales y diferentes”, un grupo que sigue a Dios ó que sigue un líder magnético, que le aísla totalmente de la realidad y de su vida “anterior”; por tanto, todos decimos “le han lavado el cerebro”. 

 

 

 

Hoy por hoy, al tocar el tema sobre “sectas”, nos hace referente sobre esos grupos que exageran sus emociones y se fusionan como “uno solo” en post de una idea, un estilo de vida ó algún ideal que los mueve hacia un mismo fin.

Pero, sí por un momento analizamos lo que hoy se conoce como “fenómeno sectas”, sus consecuencias y hechos (algunas destructivas y muy violentas), nuestra idea “fija” pasará ampliarse de que todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido tocados por esos lazos “invisibles” de grupos, modas, sucesos y personas que nos sustraen de la realidad, nos dominan y manipulan nuestras emociones, casi sin darnos cuenta.

No sólo la religión o la idea que cada uno tiene de Dios, nos hace débiles o vulnerables frente a grupos o sociedades “altamente sectarios, potencialmente discriminatorios”, pues así como hay fanáticos religiosos ó políticos  que defienden un líder, una idea, una conciencia o una actitud, también hay fanatismo y sectarismo en relación con los deportes, grupos musicales, grupos motivacionales, empresas y personas muy competitivas, grupos de amigos, fraternidades, centros esotéricos, logias, ocultismo, etc.

 

Todos los anteriores, tienen las mismas características que una temida “secta”: amistad incondicional siempre y cuando “no te separes de ellos”, control del tiempo y actividades, doctrinas, ideas de superioridad, dependencia física y emocional, perdida de la voluntad y falta de asertividad,  obediencia a sus leyes o indicaciones (cambios en el vestuario, comidas, actividades), captación de fondos económicos, abuso de autoridad, manipulación, dominio, intento de fuga y retención, sicopatía, relaciones cerradas (no debes buscar a nadie más fuera de ellos), persecución, temor inducido y violencia.

Toda ésta semejanza tiene raíz en la necesidad primaria del hombre de no sentirse solo, de  identificarse con otros y de pertenecer a una sociedad que le conceda un lugar preferente, un premio, un apoyo y sentirse “productivo”. Tal vez, no tenemos  “una autoestima fuerte” y quizás, por eso, somos  propensos a ceder todo de sí mismos  a la influencia de personas y grupos que nos prometen  “situaciones que no encontraremos en otro lugar ni en otro grupo” , con  palabras “que deseamos escuchar” y suaves caricias mentales “que nos hacen sentir superiores a los demás”.

La sed de poder y prosperidad, la presión social, las drogas y el alcohol, actividades compartidas con  los demás, el servicio a Dios y “dioses humanos”, el coach, los altos objetivos empresariales y profesionales, el apoyo a un equipo de fútbol (lo cito porque es tal vez el deporte que genera más pasión en el mundo), un amor desmedido por un cantante o género  musical, un exceso de pasión por una bandera o un país; todos y cada una de estas agrupaciones “con un mismo fin, siguiendo un igual objetivo y haciéndose acreedores de la verdad, de lo mejor, de lo que hace especial”, hacen que nosotros seamos dependientes y obedientes a sus ideas. ¿Todo esto es “secta? Sí.

Finalmente ¿a qué hay que temer? A las consecuencias.

Lo poderoso y destructivo que puede ser, el aceptar y entregar nuestra personalidad, sueños e ideas a este tipo de movimientos es un gran error. Nos debemos  remitir  a las duras consecuencias que a lo largo de la historia, han mostrado la influencia exagerada de una secta de todo origen: causa daño psicológico y moral al ser humano. Salir de ello es un proceso difícil  al  “despertar y salir de la burbuja”, de tomar nuevamente el control de nuestra vida, emociones, saber elegir…

¿Cuesta elegir, verdad?

La libertad es la mejor condición humana que podemos tener .La libertad no es hacer lo que nos venga en gana sino “saber elegir lo que realmente es bueno y conveniente”. No sustraernos de la sociedad, pues hay que convivir y superar todo cada día, pero tener bien abiertos los ojos ante lo que nos rodea, ser sabios e inteligentes para detectar cuando somos manipulados a fin de que otros vivan a costa de nuestra necesidad de ser, pertenecer y vivir.

 

 

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